Con el paso de los años, el cuerpo humano comienza a evidenciar los efectos del envejecimiento, especialmente a nivel metabólico, muscular y articular. Esta combinación no solo impacta en la movilidad, sino que también dificulta uno de los desafíos más comunes en la adultez: bajar de peso.
Frente a este escenario, la biomedicina propone un enfoque distinto al de las dietas tradicionales, centrado en el funcionamiento del metabolismo. Desde esta perspectiva, el metabolismo no solo es el proceso mediante el cual el organismo transforma los alimentos en energía, sino una herramienta clave para regular el peso corporal y prevenir enfermedades.
Cuando el metabolismo funciona de manera eficiente, el cuerpo puede utilizar distintos tipos de combustible según la disponibilidad, sin depender exclusivamente de los hidratos de carbono.
Qué es el metabolismo flexible
De acuerdo con la biomedicina, el objetivo no es acelerar el metabolismo de forma artificial, sino lograr lo que se conoce como metabolismo flexible. Este concepto hace referencia a la capacidad del organismo de alternar entre el uso de hidratos de carbono y grasa corporal como fuente de energía, según las necesidades del momento.
Un metabolismo flexible permite reducir el exceso de peso sin recurrir a restricciones extremas, al tiempo que ayuda a preservar la masa muscular, mejorar el rendimiento físico y disminuir el riesgo de enfermedades metabólicas. Además, este enfoque busca evitar uno de los problemas más frecuentes de las dietas estrictas: el efecto rebote.
Los hábitos que recomienda la biomedicina
Para alcanzar este tipo de metabolismo, la biomedicina señala la importancia de incorporar hábitos sostenidos en el tiempo, más allá de soluciones rápidas o temporales. Entre los principales cambios recomendados, se destacan tres ejes centrales.
El primero es la reducción del consumo de hidratos de carbono, a través de una alimentación de tipo cetogénica. Este tipo de dieta prioriza el uso de la grasa corporal como fuente de energía, lo que favorece la pérdida de peso y una mayor estabilidad en los niveles de glucosa.
El segundo hábito es el ayuno intermitente, especialmente el esquema que propone dejar pasar al menos 12 horas entre la cena y el desayuno. Durante ese período, el organismo recurre a las reservas de grasa para obtener energía, lo que contribuye a mejorar la eficiencia metabólica.
El tercer pilar es la actividad física en ayunas durante la mañana. Este tipo de entrenamiento, siempre adaptado a cada persona, ayuda a potenciar el uso de la grasa corporal y a optimizar la respuesta metabólica del cuerpo.




