En la madrugada del domingo, operativos de un cártel de la droga en el estado mexicano de Jalisco comenzaron a tomar camiones, dejarlos transversalmente en caminos y carreteras y prenderles fuego.
Los ataques se extendieron muy rápido por todo México, y los agentes del cártel también robaron coches y autobuses para sus narcobloqueos en calles desde la frontera mexicana con Texas hasta sus playas en el Caribe.
Los agentes criminales incendiaron farmacias, supermercados y bancos. Hombres armados emboscaron a fuerzas de seguridad y dejaron sus cuerpos acribillados en las calles. Los residentes se refugiaron en sus casas, las embajadas emitieron advertencias y las compañías aéreas cancelaron vuelos. En un aeropuerto de Guadalajara, la gente corrió a guarecerse ante una falsa alarma de que hombres armados estaban irrumpiendo en el lugar.
Detrás de esta oleada de terror estaba el Cártel Jalisco Nueva Generación, conocido con sus iniciales CJNG, una organización criminal en expansión que trafica con cocaína, metanfetamina y fentanilo, y que además opera otra actividades ilícitas como el robo de combustible y la extorsión. Después de que las fuerzas de seguridad mexicanas mataran el domingo al líder del cártel, Nemesio Oseguera, los operativos de la organización desataron narcobloqueos en 20 de los 32 estados de México. Sus atacantes cerraron de facto enormes áreas del país, mataron al menos a 25 miembros de la Guardia Nacional y mostraron al mundo que los cárteles de México no son solo un problema de seguridad pública, sino una amenaza debilitante para la seguridad nacional.
En muchos sentidos, la muerte de Oseguera fue una clara victoria para la presidenta de México, Claudia Sheinbaum. El delincuente, conocido como el Mencho, fue sin duda el cerebro detrás de muchas de las fosas clandestinas, desapariciones y extorsiones en México. Madres de niños asesinados y comerciantes víctimas de extorsión han pedido a Sheinbaum que haga más. La muerte del Mencho también pudo haberle dado margen con el presidente Trump, quien amenaza con ordenar ataques militares unilaterales contra objetivos del narcotráfico en territorio mexicano desde su regreso al poder. (Los servicios de inteligencia estadounidenses fueron decisivos para localizar a Oseguera antes de la intervención de los soldados mexicanos).
Pero ese logro quedó eclipsado por los brutales atentados que siguieron, mientras imágenes de violencia y caos se difundían por el mundo apenas unos meses antes de que México albergue partidos del Mundial de Fútbol este verano. La violencia reveló un dilema central al que se enfrenta el gobierno mexicano: permitir que capos como Oseguera sigan libres fomenta la impunidad, pero abatirlos puede desatar más violencia, ya que los cárteles atrincherados contraatacan a soldados y civiles y sus lugartenientes se enfrentan entre sí por repartirse los despojos de sus imperios.
El término “narcobloqueo” entró en el vocabulario de los mexicanos a mediados de la década de 2000, como parte de un léxico sombrío que surgió para describir la creciente violencia de los cárteles, junto con otras palabras como “narcofosas” y “narcopolíticos”.
En ese momento, varios cárteles habían empezado a organizar bloqueos —interrumpiendo el tráfico y sembrando miedo— en lugares como Monterrey y el estado de Michoacán, que usaban además de incendiar negocios y enfrentarse a las fuerzas de seguridad para impedir detenciones. Con el paso de los años, los ataques se hicieron más grandes y sangrientos. El 1 de mayo de 2015, el CJNG levantó 39 narcobloqueos en el estado de Jalisco y derribó un helicóptero militar, frustrando un intento de las fuerzas de seguridad mexicanas de detener a Oseguera. En 2019, el Cártel de Sinaloa estableció bloqueos que paralizaron la ciudad de Culiacán hasta que las fuerzas militares mexicanas liberaron a Ovidio Guzmán López, traficante de fentanilo e hijo del Chapo.
Los narcobloqueos siempre han tenido una finalidad práctica para los cárteles: interrumpen las operaciones de seguridad y dan a los delincuentes la oportunidad de escapar, ayudando en última instancia a proteger el negocio criminal. También ayudan a movilizar a las fuerzas del cartel, dicen los analistas. Los narcobloqueos “funcionan como mecanismo de cohesión interna”, escribe Carlos A. Pérez Ricart, investigador del Centro de Investigación y Docencia Económicas de México. “Movilizan recursos, prueban lealtades, reafirman jerarquías”.
Cada vez más, también cumplen otra función. A medida que los cárteles se han arraigado en la sociedad mexicana, los bloqueos se han convertido en una forma de reafirmar visiblemente su poder.



