La reciente muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, no significará el fin de la violencia, sino el inicio de una transformación estructural del crimen organizado en México. Expertos en seguridad consultados tras la caída del líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) advierten que el país entrará en un modelo de “redes” similar al que vivió Colombia tras la era de Pablo Escobar.
Según los especialistas, el vacío de poder dará paso a los llamados “baby cárteles”: organizaciones más pequeñas, con liderazgos horizontales y una capacidad de recuperación mucho más rápida frente a los golpes de las autoridades.
El espejo colombiano El general Jairo Delgado, exdirector de Inteligencia de la Policía Nacional de Colombia, explica que cuando un capo de la magnitud del “Mencho” es neutralizado, la estructura rígida desaparece pero la actividad delictiva continúa a través de la dispersión.
En Colombia, la caída de los grandes cárteles de Medellín y Cali en los años 90 no terminó con el tráfico de drogas; al contrario, surgieron grupos como la “Oficina de Envigado” y el “Cártel del Norte del Valle”, que aunque tenían menor capacidad de fuego, eran más difíciles de rastrear por su fragmentación.
Resiliencia y nuevas generaciones El politólogo Andrés Cajiao destaca que estas nuevas “microestructuras” aprenden de los errores de sus antecesores. Al ser menos personalistas, se recomponen fácilmente y profundizan la cooptación de gobiernos locales para asegurar su supervivencia.
En México, esta “metamorfosis” ya es visible no solo en el CJNG, sino también en el Cártel de Sinaloa tras la captura de “El Mayo” Zambada. La actual cuarta generación de capos, encabezada por figuras como “Los Chapitos” y “La Mayiza”, apuesta por una gobernanza criminal que combina el control territorial con la diversificación de negocios ilícitos como el fentanilo, la extorsión y el tráfico de migrantes.
El reto de la corrupción Para los expertos, el éxito de haber abatido al “Mencho” en Tapalpa, Jalisco, será nulo si no se acompaña de una política de Estado que ataque el aparato logístico y, sobre todo, la corrupción institucional.
“Combatir al crimen requiere depurar las instancias políticas y militares que permiten la gobernanza criminal”, señalan los analistas, advirtiendo que regresar a políticas de permisividad solo facilitará que los nuevos “baby cárteles” se fortalezcan en las zonas de influencia que dejó el CJNG.



