En el panorama epidemiológico global de 2026, el sarampión ha retomado un protagonismo preocupante. Lo que muchas generaciones jóvenes consideran una “enfermedad superada” o un simple sarpullido infantil, representa en realidad una de las amenazas más persistentes para la salud pública. La peligrosidad del sarampión no reside solo en su sintomatología inmediata, sino en su extraordinaria capacidad de contagio y las secuelas a largo plazo que puede dejar en el organismo humano.
De los virus más contagiosos de la historia

Para dimensionar la peligrosidad del sarampión, es necesario hablar de su tasa de ataque. En epidemiología, el número básico de reproducción del sarampión se sitúa entre 12 y 18. Esto significa que, en una comunidad sin inmunidad, una sola persona infectada puede contagiar hasta a 18 individuos más.
A diferencia de otros virus respiratorios, el virus del sarampión puede permanecer activo y suspendido en el aire o sobre superficies infectadas hasta por más de una hora. Una persona puede contraer la enfermedad simplemente al entrar en una habitación que fue ocupada por alguien contagiado, incluso si esa persona ya se retiró. Además, el periodo de contagiosidad comienza cuatro días antes de que aparezca la erupción cutánea, lo que facilita su propagación silenciosa.
La “Amnesia Inmunológica”: El peligro oculto

Uno de los descubrimientos más alarmantes de la medicina moderna sobre este virus es su capacidad para provocar lo que los científicos llaman “amnesia inmunológica”. El virus del sarampión no solo ataca las vías respiratorias; ataca a las células de memoria del sistema inmunitario.
Al infectar estas células, el virus puede eliminar parte de la memoria inmunológica que el cuerpo había construido contra otras bacterias y virus, incluidos los que causan neumonía o gripe. Como resultado, una persona que sobrevive al sarampión puede quedar con el sistema inmunitario debilitado frente a infecciones previas durante meses o incluso años después de la enfermedad. Esta mayor vulnerabilidad se ha asociado con un incremento del riesgo de complicaciones y de mortalidad por otras infecciones que, en condiciones normales, el organismo habría podido controlar.
Complicaciones graves y grupos de riesgo
La peligrosidad del sarampión aumenta exponencialmente en grupos vulnerables, especialmente en niños menores de cinco años, adultos mayores de 30, mujeres embarazadas y personas con sistemas inmunológicos comprometidos.
Las complicaciones más frecuentes incluyen:
Neumonía: Es la causa más común de muerte por sarampión en la infancia. El virus inflama los pulmones de tal manera que el intercambio de oxígeno se vuelve deficiente.
Encefalitis: Aproximadamente uno de cada mil pacientes desarrolla una inflamación del cerebro que puede derivar en convulsiones, sordera permanente o discapacidad intelectual.
Ceguera: El virus puede dañar la córnea, especialmente en poblaciones con deficiencias nutricionales de vitamina A.
Panencefalitis esclerosante subaguda (PEES): Una complicación tardía y mortal, aunque poco frecuente, que ataca el sistema nervioso central años después de haber padecido la enfermedad.
La vacuna: La barrera efectiva

La peligrosidad del sarampión es, paradójicamente, prevenible. La vacuna triple viral (SRP: Sarampión, Rubéola y Parotiditis) ha demostrado una eficacia superior al 97% con dos dosis. Sin embargo, para mantener la “inmunidad de rebaño” y evitar brotes, se requiere que al menos el 95% de la población esté vacunada.
En un mundo interconectado, el riesgo de importación de casos es constante. La vigilancia epidemiológica y el mantenimiento de los esquemas de vacunación completos no son solo una responsabilidad individual, sino una defensa colectiva contra un virus que, a pesar de los avances médicos, sigue siendo uno de los patógenos más agresivos para la humanidad.



