Recientes datos publicados por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) han puesto de manifiesto una tendencia sostenida: el número de nacimientos en México continúa disminuyendo en comparación con años anteriores.
Este fenómeno ha abierto un debate sobre las causas que motivan a las nuevas generaciones a postergar o descartar la idea de convertirse en padres, así como las posibles repercusiones que este cambio demográfico podría generar en el futuro de la sociedad mexicana.
“Yo no quiero tener hijos, creo que ya estamos en un mundo muy feo. A mí no me gustaría darles a sufrir, o lo que yo ya no voy a vivir tal vez”, es la frase con la que un joven habla de la desesperanza de no poder formar una familia.
Algunos jóvenes han optado por tener mascotas como perros, a los cuales tratan como integrantes de la familia y con los cuales generan lazos estrechos. Las necesidades de estos son más flexibles, lo cual los hace ideales para su cuidado.
A esto se suma que la poca longevidad de ellos permite que los vínculos que tienen con ellos sean de menor responsabilidad que los que se generarían con un hijo humano.
Factores económicos y el entorno social evitan formar más familias
La incertidumbre financiera y la falta de oportunidades laborales se posicionan como los ejes principales de esta decisión. Según las opiniones recabadas, la percepción de un entorno hostil y la carencia de garantías básicas para el desarrollo de una familia son determinantes.
La juventud actual señala que la precariedad laboral y el costo de vida dificultan la posibilidad de solventar las necesidades que implica la crianza de un hijo.
“En su mayoría, los que conozco no quieren tener hijos por el tema económico, que hay mucha escasez de trabajo, cada vez las cosas son más caras, la inseguridad con desapariciones y muertes”, aseguró una persona entrevistada.
Además de la situación financiera, los jóvenes expresan una profunda desconfianza hacia las instituciones y el futuro del país. La percepción sobre la calidad de los servicios públicos, específicamente en el sistema de salud, y la falta de una estructura que garantice bienestar a largo plazo, como el acceso a recursos básicos, refuerzan la postura de no procrear.
“¿Quién va a querer tener hijos hoy en día cuando no tenemos trabajo, no tenemos seguridad, no nos garantizan que nuestro gobierno vaya a cambiar eso a futuro? Podemos incluso, va a haber problemas de agua, supongo, de comida.”
El impacto en la mano de obra y las transformaciones del modelo familiar
El cambio en la estructura familiar tradicional también es un factor relevante. La transición hacia modelos de unión libre y la inestabilidad en las relaciones de pareja han transformado la visión sobre la responsabilidad que conlleva el cuidado de otra persona. Existe una preocupación latente sobre cómo este descenso en la natalidad afectará la disponibilidad de mano de obra y la estabilidad de diversos sectores económicos en el futuro.
“Psicológicamente no nos sentimos preparados para enfrentar una situación tan grande como la cría de un hijo. Yo creo que sí debería de preocuparnos porque muchos sectores económicos se van a estancar y se va a quedar en poca mano de obra.”
“No tener una responsabilidad, cuidar a alguien, una cuestión que afecta nuestro día a día. Mucha de la juventud incluso ya no quiere ni casarse.”
Ante este panorama, surge la interrogante sobre si el Estado mexicano deberá implementar políticas públicas, incentivos o apoyos económicos similares a los que han adoptado otras naciones para fomentar la natalidad. Por ahora, la tendencia refleja una transformación profunda en la manera en que las nuevas generaciones imaginan y planean su futuro ante las condiciones actuales del país.



